Tuesday, November 15, 2011

Nueva Ficción Latinoamericana: "Memory Motel" - Por María José Viera-Gallo (Fragmento)


La novela Memory Motel (Plaza y Janés, 2011), de la escritora chilena María José Viera-Gallo, será presentada el sábado 19 de noviembre a las 5 pm en McNally Jackson; para mayor información, hacer click aquí. El siguiente fragmento se publica con autorización de la autora.



VIVÍA EN UNA GRAN ciudad pero mi vida me parecía cada vez más pequeña.

Rara vez bajaba a la calle y cuando lo hacía, mis pasos chocaban al norte con Metropolitan Avenue y al sur con la calle Broadway. Circulaba entre esas manzanas como por una muralla de contención donde mis acciones, mínimas y obligatorias, se reducían a comprar algo de comida en el almacén Hermano Deli and Grocery, abastecerme de mi medicina en la consulta del doctor Asaid, y una vez al mes, ir a pagarle el arriendo a la señora Layla.

La city que alguna vez había recorrido a diario estaba reducida a una foto-postal que me limitaba a admirar desde el otro lado del río. La vista de sus edificios pegados uno al otro, como si fueran una gran pieza de cemento a la cual no tenía acceso, me había llevado a bautizarla con el estrambótico nombre de la mole.

Quizás porque mi barrio era un reducto de gente joven o con aire de ser joven, a veces echaba de menos subirme a un bus de la First Avenue y conversar con alguna anciana sobre sus joyas falsas, el weather o el vergonzoso presidente que venían de reelegir. Esas viejitas judías que usaban el mismo paraguas para cubrirse del sol en verano y de la nieve en invierno, conocían todos los secretos y las mañas de la ciudad y si querían se podían dar el lujo de pintar una segunda boca en la cara sin que nadie las jodiera. Pero después de perder mi último trabajo, hacía ya seis meses, no tenía ninguna motivación para cruzar a la mole. Ni sus incansables personajes, sales de ropa, o su generosa cartelera de cine, tenían el poder de sacarme de casa. Caminar por sus calles numeradas era como recorrer los pasillos de una gran fiesta; una vez en la pista de baile, no tiene sentido quedarse a un costado viendo cómo los demás bailan.


Las fiestas para mí siempre habían estado en los lugares y momentos equivocados y a medida que le iba perdiendo el gusto a la ciudad, me descubría felizmente atrapada en mi barrio.


Mi edificio, ubicado en el número 9 de la calle River, marcaba el límite imaginario entre el northside y el southside de Williamsburg, así como entre el borde industrial y los neighborhoods boricua, italiano y polaco de los alrededores.La gente lo conocía como the haunted house ya que cien años antes una seguidilla de incendios había quemado su fachada, dejando la mitad de sus ladrillos negros. Mientras por fuera aún se notaban vestigios del antiguo fuego, por dentro, el hall olía a un duty free contaminado de perfumes Calvin Klein, marihuana prensada y cadáver de ratón. La dueña del inmueble, una portorriqueña conocida como señora Layla, se vanagloriaba en su mejor Spanglish de administrar uno de los edificios más clean de la cuadra, sin yonquis y hediondos ancianos abandonados a su suerte. Como si fuera poco, contaba con una envidiable vista de Manhattan que cualquier yuppi de Wall Street habría soñado tener, siempre y cuando no hubiera estado obligado a vivir al frente de su codiciada isla. Una de las cosas que me gustaba de vivir en Brooklyn, era justamente lo que para otros parecía inconcebible. La ciudad brillaba a lo lejos y no encima; las bocinas se perdían en la profundidad del océano y no en tus tímpanos.

Al igual que las palomas y otros animales de la ciudad, me había mudado con mis cosas al techo del edificio gradualmente. Primero para escapar del asfixiante calor del verano. Luego, de una plaga de cucarachas. Y finalmente por razones arqueológicas: desde que Igor se había ido, nuestro departamento parecía fosilizado. Era como si las cosas que habían sobrevivido a nuestra separación resintieran la desaparición de las que faltaban y ahora sufrieran de un envejecimiento prematuro. Día a día, presenciaba con asombro cómo ese equilibrio que hay entre dos objetos que han convivido juntos, y que hace, por ejemplo, que una determinada lámpara cobre vida sólo si ilumina cierta mesa, o un jarro sea realmente entrañable si se lo llena de viejas tarjetas de metro, se rompía sin que pudiera hacer nada.

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